LAS VÍRGENES CONSAGRADAS, UNA INSTITUCIÓN CON HISTORIA

Javier Barros, pbro.

Consagrarse al Señor en estado de virginidad ya era una realidad en tiempos de san Pablo, quien nos habla en una ocasión de aquella mujer que «se preocupa de las cosas del Señor, de ser santa en el cuerpo y en el espíritu» (1Co 7, 34). El libro de los Hechos de los Apóstoles nos dice incluso que Felipe –uno de aquellos que fueron elegidos por los apóstoles para dedicarse al servicio de las mesas- tenía cuatro hijas vírgenes que profetizaban (Hch 21, 8-9). No hay duda que este ideal de la virginidad consagrada fue encarnado por hombres y mujeres desde los primeros tiempos del cristianismo.

En el s. II era habitual referirse a la Iglesia como Sponsa Christi, como «Esposa de Cristo», y Tertuliano, un padre de la Iglesia que vivió en el norte de África, aplicó ese hermoso título a las vírgenes consagradas. Quién más que ellas podían encarnar con propiedad el genuino sentido que reclamaba la presencia «en misterio» de Cristo Esposo, poniéndose así en armonía con el Reino (Mt 19,12).

En aquel tiempo, estas consagradas vivían su vocación de un modo privado, sin ningún signo externo que las distinguiera de los demás. En cierto modo, esta temprana hora de la historia de la vida consagrada se asemeja a los inicios de todas las vocaciones de especial consagración, las que crecen tiernamente en el secreto de un trato íntimo con Quien ha salido imprevistamente a su encuentro.

Pero no era malo ser reconocidas y unir al santo propositum el reconocimiento público y la confianza de la oración eclesial. Ya hay indicios de ello en Hispania a fines del s. III. Y es notable conocer lo que san Ambrosio, en el siglo siguiente, podía entrever de esta vocación. Lo sabemos porque una hermana suya fue consagrada por el papa Liberio en la misma ciudad de Roma. En su obra De virginibus, además de desarrollar un elogio a la virginidad, el obispo de Milán da ejemplos de este estado de vida, y presenta los preceptos que deben caracterizar su conducta. Y un detalle: alude al velo que el obispo tomaba desde el altar y entregaba a las vírgenes al ser consagradas, un signo saturado de sentido, pues nos habla de la relación esponsal (las novias se casaban –también en esa época- llevando un velo) que el santo obispo aplicaba a las consagradas y también al sacrificio de la eucaristía, de la cual toda vocación se alimenta. Qué grandeza –diría en una ocasión- cuando «a ti se te confiere el sacramento genuino de la virginidad” (De virginibus III, 2).

No se puede pasar de largo por este período sin aludir, al menos brevemente, a la preciosa oración por medio de la cual la Iglesia consagraba en ese lejano tiempo a estas mujeres. La oración invoca a Dios con un título magnífico: «Dios, que habitas complacido en el cuerpo de los castos y que amas las almas de las que están intactas»; se trata de un «Dios que ha reparado todo» y que no sólo restaura la inocencia original del ser humano sino que «lo lleva a experimentar de los bienes reservados para el mundo futuro». Luego el obispo –consciente de la debilidad de la naturaleza- pide con audacia la gracia, confiado en el recuerdo de las Magnalia Dei, los grandes hechos que Dios ha realizado en la historia. Y el orante, sabedor que es el mismo Dios el que ha suscitado el deseo de la virginidad, casi como que fuerza al Señor para que le otorgue a su hija la gracia que necesita para cumplir su consagración (cf. Sacramentario Veronense, Mohlberg ed. [Roma 1956], MENSE SEPTEMBRI. XXX. Ad uirgines sacras  1103, 1104).

La oración se atribuye a san León Magno, papa a mediados del s. V. Pero no ha sido olvidada. Tras algunos retoques necesarios, es la misma que hoy se emplea en toda la Iglesia latina en el rito de consagración de vírgenes. Un rito que ha sorteado los tiempos para llegar hasta nuestros días con una sorprendente frescura. Es que en la Edad Media el rito se hizo más largo, pero también más expresivo: apareció la entrega de la virgen al obispo por parte de los padres, la unión de las manos, la bendición del vestido y del velo, la vestidura, la entrada solemne de la virgen a la iglesia con los nuevos hábitos, el canto de las letanías, la entrega –además del velo- de dos nuevas insignias: el anillo y la corona. La sobriedad de los primeros siglos había quedado muy atrás, por lo que se agradeció el trabajo de la reforma litúrgica, que lo devolvió renovado a la Iglesia el 31 de mayo de 1970, fiesta de la Visitación de María.

Hoy las vírgenes consagradas como sponsae Christi según el modelo de la Iglesia esposa, de quien han nacido y a quien sirven –tal como lo señala la oración con la que las vírgenes reciben sus insignias: «No olvidéis que habéis sido consagradas a Cristo y dedicadas al servicio de su cuerpo, que es la Iglesia» (OCV, 25)- se constituyen en la memoria viva del Misterio esponsal de Cristo con la Iglesia. Cuando Occidente parece que está como mutilado del sentido de Dios, esta vocación eminentemente femenina nos ofrece el diáfano testimonio del amor total a Cristo, como quien es la razón de sus vidas, o –para decirlo con palabras de san Leandro de Sevilla- como quien es para ellas: «Esposo, hermano, amigo, parte de la herencia, premio, Dios y Señor” (Regula sancti Leandri, Introd.).

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