Miguel Ángel Valdivia. Fundación Cristo de la Noche

Miguel Ángel Valdivia, Fundación Cristo de la Noche

Tengo 55 años y estuve 23 años metido en la droga y el alcohol. Tengo varias cicatrices de balas en mi cuerpo que me recuerdan la vida que llevé. Soy hijo de padre alcohólico que nos daba todo. Paraba la olla, nos tenía ropa, pero tenía mi corazón vacío, porque no tenía amor. Yo era violento, me metía en peleas, era el diablo en persona. No creía en Dios, hasta que un día en agosto del 2000, me invitaron a un retiro de conversión y todo cambió. Cuando terminó ese retiro sentí miedo y el padre me dijo que era porque se me presentó el Espíritu Santo. Era todo un misterio para mí y ahí, prometí dejar los vicios.

En el 2001, partí con un termo y seis panes y me fui a La Vega. Ahora voy a los puentes y lugares difíciles de Renca y llevo 160 panes. Hoy, lidero la Fundación Cristo de la Noche en Renca, institución que de manera gratuita, da cobijo y alimento a decenas de personas en situación de calle, donde hay colombianos, dominicanos y haitianos, quienes al igual que yo, las drogas y el alcohol acabaron con su vida. Pero sé que aún tengo mucho que hacer y que hoy por hoy, mi trabajo en la fundación no lo cambiaría ni por un puñado de oro. Me ofrecieron una pega por 800 lucas y les dije que no. Aquí es donde tengo que estar.

Por Enrique Astudillo

Más Historias

Pablo Aravena, profesor

Pablo Aravena, profesor

"Cada día cuando despierto cargo en mi mente el estado actual de las cosas: agradezco lo que tengo, lo que Dios ha decidido regalarme, un nuevo día, salud, trabajo y comida. A los 11 años conocí el alcohol. No lo dejé hasta aproximadamente los 30 años. Fue un largo tiempo de desconexión emocional. Luego caí en la marihuana. Otros largos años de vacío, hasta que llegué a los 39 años, donde gracias a Él dejé todos mis vicios y tuve la oportunidad de encontrarme con ese niño perdido y humilde que en silencio y dentro de mí esperaba ser redescubierto. De lunes a viernes a las 8:00 am salgo de mi hogar para ir a la iglesia San Francisco a ayudar a servir desayuno a gente que no ha tenido la misma suerte que yo y que se encuentra en situación de calle. Ahí aprendí una lección muy importante: Solo ayudando al otro uno se ayuda a sí mismo".

Mauricio Muñoz, garzón

Mauricio Muñoz, garzón

"Cuando nací, mi madre se enfermó de tifus. Me apartaron de ella en el hospital y una tía se ofreció a llevarme a su hogar para cuidarme. A los tres meses de vida mis padres volvieron a buscarme, pero me enfermé. Me regresaron a mis padres adoptivos. Me enteré que no era hijo de ellos cuando ya asistía al colegio y escuchaba que mis hermanos tenían otro apellido. Yo le preguntaba a mi padre qué pasaba y él me respondía que la profesora se había equivocado. No quería herirme. Nunca sentí diferencias en el trato, me acogieron como un miembro más de la familia. A mis padres genéticos los he vuelto a ver, pero nunca me han tratado como su hijo. Siempre me he preguntado por qué a mí, si fui su primer hijo. Soy homosexual y soy hijo de Dios. Sé que Dios está conmigo me ama tal como soy. Mi vida no ha sido fácil desde que nací, pero Dios ha estado ahí, siempre conmigo".

Diana García, encargada de liturgia

Diana García, encargada de liturgia

Soy mexicana, hace 10 años me vine a Chile por amor. Yo era budista desde adolecente, pero cuando mi hija quiso hacer la primera comunión me obligó a acercarme a la religión católica. Cuando me enteré que la catequesis duraba dos años pensé que era una locura, pero por ella accedí. Ahí comencé mi conversión y llegué a la conclusión que ambas espiritualidades tienen muchas cosas en común: el budismo tiene como base la compasión y el cristianismo la misericordia, un amor profundo y desinteresado por el otro, y eso me conmovía.


Ahora comprendo que el Señor tiene distintos instrumentos algunos humanos para que uno se acerque a él y ese era mi momento espiritual.

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